lunes, 11 de octubre de 2010

Ångermanälven: El rio del hombre arrepentido. Paisajes para los himnos lunares

El rio del hombre abatido, Olof S


El contexto o la confluencia de distintos lenguajes en un mismo mensaje pueden enriquecer aquello que se comunica; letra con música, risa con olor a hierba, fusión sinfónica, o palabras dichas en el lugar y en el momento oportuno. Recuerdo, por ejemplo, como García Ramos decía los poemas de Cernuda o de Lorca, con guitarra, cuando aun existía aquel local inolvidable en la calle Sant Elies de Barcelona. Incluso la entrada al local, por un jardín hoy perdido, resonaba en cada verso:

Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.

También recuerdo una canción estremecedora desde una celda en Via Laietana: "... piedra para una honda, como tu..."; y no era Paco Ibañez quién cantaba a León Felipe, sino Antonio Ferrer Taratiel, el cocinero más audaz de la resistencia y de la normalidad, que sabía hacer comida sin un duro, y sabe hacer comida en un castillo. Ese día, oyéndole cantar entre el olor a zotal de los calabozos, supe que la dictadura estaba condenada.

Pero en otras ocasiones, la presencia simultánea de ciertos hechos no genera sinergías sino signifcados imprevistos: nos comunican un mensaje psicoide que infringe la normalidad. Por ejemplo, cuando un sueño nos anuncia una enfermedad que luego efectivamente se produce. Solemos desdeñar esas coincidencias como rarezas del azar, pero no las olvidemos fácilmente. Las que ahora relataré ocurrieron hace más de treinta años, y no tuvieron la forma de un relámpago, sino la de una serie de pequeños chasquidos, de casualidades carentes de dramatismo que, aisladas, habrían pasado desapercibidas, pero juntas parecían aconsejarme cambiar los valores que sustentaban mi vida. Como era de prever, rechacé aquel temor supersticioso, y hoy sé que me equivoqué.

En construcción. Continuará

1 comentario:

niwa dijo...

A esa confluencia de dos hechos, aparentemente independientes entre si, le puso nombre Jung: sincronicidad.