miércoles, 13 de febrero de 2008

El Espejo del loco

Apenas he leido a Chesterton, aunque tengo alguna cosa suya acumulando polvo a la espera de una noche propicia que nunca llega. Sin embargo, hace unos días encontré a mi hija sentada sobre un banco en los Jardinets de Gràcia; hacía frio pero no le importaba. Había estirado las piernas sobre la piedra de un banco, con el tronco erguido, como sólo sabe sentarse la gente que ha frecuentado todas las fisioterapias del mundo. Me saludó escuetamente y me hizo un gesto conciso que no admitía réplica:

- Aita, mira això

Y me mostró "El espejo del loco", The Mirror of Madman, un poema de Chesterton que describía un mundo inconcebible que a ella no le era ajeno; ella había estado allí o cerca de allí... vi que su mirada recordaba otras miradas y sentí el vértigo del padre que no ha podido acompañar a su hija a ese universo sin mapas, donde mi niña había conocido el éxtasis y el terror, donde había visto los ojos de varias muertes y de varias vidas, donde nunca sabré quién la ayudó en las cargas más duras, cuando la muerte es lo que menos importa. Dios bendiga las armas de la libertad.

En Chesterton mi hija había reconocido a un marinero que había surcado las aguas que están más allá de las grandes aguas, alguien que había mantenido una singladura cuando todas las estrellas señalan el norte, y eso se impuso sobre cualquier otra consideración: aunque yo desconfie de la poesia cristiana, de sus patriarcas, de sus tronos, de sus gestos artificiosos, en aquel momento nada de eso tenía importancia: dos psiconautas, mi hija y Chesterton se habia reconocido, y a los demás nos correspondía callar y leer sus cuadernos de bitácora y rezar por el éxito de su viaje.


G. K. Chesterton
Tuve un sueño celestial, blanco como la escarcha,
la espléndida quietud de una muchedumbre viva;
un inmenso coro de rostros alineados mirando hacia lo alto.
Entonces mi sangre se heló, porque todos los rostros eran el mío.

Espíritus con plumajes de atardecer llegan y pasan,
reflejos oscuros en un mar de oro y cristal.
Pero incluso en cada uno de ellos, en cada punto,
vi un millón de yoes que no me veían.

Entonces escapé hacia una dimensión más tranquila donde,
sobre una piedra, descubrí,
casualmente, a un santo que estaba solo;
me coloqué detrás de él y se volvió con una gracia lenta y dulce
y me miró con mi rostro feliz y odioso.

Entonces me acobardé como quien espera en una torre,
rodeado de espejos por todas partes
y vi, aislado y silencioso en medio del cielo,
a alguien que estaba sentado en un trono.

Sus ropas estaban bordadas en rosa, oro,
verde, púrpura y plate de antiguas puestas de sol;
pero su rostro se hallaba cubierto por una nube de fuego,
que ocultaba el deseo del mundo.

La nube pareció moverse imperceptiblemente;
entonces caí a tierra y grité con la cabeza apoyada en el suelo:
"¡Lánzame un relámpago que acabe conmigo!
pero deja un lugar donde caiga la limpia luz del sol,

la corona de un nuevo pecado que enferma el infierno.
No me permitas mirar hacia lo alto
para contemplar mi rostro y mi forma
sentada en el trono del Juicio".

Entonces mi sueño se desvaneció
y con un corazón aún inquieto
vi mi vida entera, a través de la taberna donde dormitaba,
la visión de todas las gracias que he recibido,
borracho de cara pálida condenado a la ginebra.

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